Vivimos en una sociedad hiperconectada, digitalizada y automatizada. Los cambios tecnológicos en esta nueva era (Big Data, inteligencia artificial, blockchain, realidad virtual, etc.) bien podrían haber servido como guion para películas como regreso al futuro. A veces esta sensación de ser un ocupante de un fórmula 1 a 300 km/hora, puede conllevar a la tentación de pensar “que pare el mundo que me bajo”.  

imagen En busca de los valores perdidos

En medio de esta vorágine, y sin llegar a pretender ser demasiado nostálgico, considero positivo trasladarnos en la máquina del tiempo a otra época, donde no disponíamos de smartphones, ni tablets, y donde el 1.0 y las relaciones interpersonales cobraban un protagonismo especial. Seguramente todos en alguna ocasión hayamos reflexionado y pensado, en como podíamos vivir en aquellos tiempos, sin una herramienta como whastapp. Pues si señores, claro que era posible la convivencia, y claro que disponíamos de otros canales de comunicación. Recuerdo en la infancia en casa de mis padres, como una vecina subía a atender la llamada de un familiar porque no disponía de ese moderno dispositivo. Y recuerdo además, como era habitual la quedada del sábado por la tarde en “La Glorieta” de mi querido Elche, y como de una forma casi mágica nos encontrábamos a la misma hora en el lugar establecido.

El mayor orgullo que puedo sentir de mis progenitores, una familia humilde de un carpintero y una ama de casa, así como especialmente de mi abuelo materno, es ese gran legado, que no es otro que una buena educación y unos sólidos valores. En esta otra época, a la cuál mencionaba con cierta melancolía, siempre disponíamos de un decálogo de buenas prácticas o conductas a la hora de relacionarnos con los demás. El mismo era conformado por expresiones de tipo “por favor”, “gracias”, “buenos días”, “adiós”, “que pase un buen día”, “usted”, “le agradezco su ayuda”, y un largo etcétera. Ese santo grial nos acompañaba como guía o faro en nuestra evolución personal. A veces me pregunto, en qué momento se perdieron esos valores y principios que nos empoderaban como personas. En la actualidad vivimos inmersos y sumergidos en reivindicar permanentemente nuestros derechos, y no siempre asumimos de igual modo nuestros deberes. Cuantos de nosotros, ante un mal servicio en un restaurante, hotel, comercio o similar, hemos solicitado una hoja de reclamaciones, o bien hemos insertado una negativa recomendación en Trypadvisor, cuando no hayamos subido a nuestras RRSS, con hashtag y etiqueta incluidos, nuestro efusivo enfado. Da la sensación de que posicionamos nuestro foco más en lo negativo y en lo que supuestamente nos pertenece, que en aquellos atributos positivos y de agradecimiento que todos poseemos. Y que decir, de aquellos correos que envías a contactos o clientes, y que duermen el sueño de los justos. Como eneatipo 2 que soy en el eneagrama (sistema de clasificación de la personalidad de origen milenario que ahonda en nuestro autoconocimiento), destaco especialmente por la predisposición a la ayuda hacia los demás, por lo que siempre intento atender o devolver una llamada, o responder un mensaje en cuanto me es posible. Más allá de esa tendencia mía particular, observo en esta era un incremento del desapego, y un cierto abandono de las buenas formas y conductas, centrándonos mayoritariamente en la inmediatez del aquí y el ahora (“carpe diem”).

Por ello, para finalizar me gustaría reflexionar y demandar una recuperación de esos valores perdidos (respeto, confianza, honestidad, responsabilidad, integridad, humildad, generosidad, y un largo etcétera) que nuestros ancestros nos inculcaron, y que con total seguridad nos ayudarían a todos a ser mejores profesionales, y sobre todo mejores personas. Es la mejor herencia para depositar a nuestros descendientes y generaciones venideras.

 

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